lunes, 1 de mayo de 2017

El islote deseable - El Pobrecito Hablador

"El editor que mejora al autor es, hasta cierto punto, el islote deseable", escribe el Pobrecito Hablador en Zenda, en "Bórreme de su editorial y su memoria". A propósito de algunas recientes polémicas en las redes releo ese artículo y comparto lo que, dice el Pobrecito Hablador, pasó con Raymond Carver:
"Cuando se cumplieron diez años de la muerte del cuentista norteamericano, su editor, Gordon Lish, y su viuda, Tess Gallagher, alegaron, ni más ni menos, que fueron ellos quienes habían moldeado y confeccionado por completo la obra de Carver. Ellos habían aportado ideas, corregido y reescrito sus relatos casi por completo.
El periodista D.T Max fue de los primeros en husmear, reconstruir publicar todo el asunto. Intrigado por aquello, el reportero de The New York Times fue a Bloomington a visitar una biblioteca a la cual Gordon Lish había vendido todas las cartas y los escritos a máquina de Carver en los que estaban incluidas sus correcciones. D.T Max fue y revisó. Leyó uno de los libros de Carver (De qué hablamos cuando hablamos de amor) e hizo cuentas. Resultado: en su trabajo de editor, Gordon Lish había eliminado casi el cincuenta por ciento del texto original de Carver y había cambiado el final a diez de trece cuentos. Con el tiempo, los lectores descubrieron que Lish había quitado a Carver el excesivo sentimentalismo y dio a sus personajes esa especie de planicie emocional y verbal que tanto se asocia al estilo del escritor, así como esos finales abruptos con que terminaba los relatos..."
Y sí, creo que el buen editor es el que, invisible, hace brillar un texto. 

miércoles, 26 de abril de 2017

“Se acabó Sant Jordi para mí” - Andreu Martin

«Las leyes del mercado me han puesto en mi sitio. Ha quedado claro que a mis casi 50 años de profesión no he hecho méritos suficientes para ganar determinados premios, para ser considerado publicable en determinadas editoriales ni para que la radio y la televisión consideren que la aparición de un libro mío sea un acontecimiento.

»Continuaré escribiendo, porque no puedo evitarlo y porque me debo a los lectores que me animan y me miman, y nos encontraremos siempre que quieran y me llamen, pero que no me esperen donde no me corresponde. No en los asientos reservados para “best-sellers”, no en “diadas-realities” exclusivas de quien vende más, no en los premios que solo premian a premiables, no en páginas culturales demasiado exquisitas para mí.

»Este año, lectores míos, no estaré en los puestos de firmas de las Ramblas. Ah, y basta ya de llamarme maestro o número uno en nada. En el actual mundo del libro, los maestros son los que más venden, y no conviene que yo me crea que soy lo que no soy.

»No sé cómo será vuestro mundo cultural ideal, pero éste no tiene nada que ver con el mío.»

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Carta al director del diario El Periódico de Catalunya.

jueves, 9 de marzo de 2017

Nuevo oficio editorial: lector de sensibilidad

A manera de los defensores de las audiencias, quiero creer, algunas editoriales han optado por contratar o asignar a alguno de sus editores la tarea de "lector de sensibilidad", en estos tiempos en que cualquier detalle, caracterización o escenario puede ser visto como "atentatorio". Según se nos explica en Lecturalia,
La mayoría de estos lectores están trabajando para autores que están desarrollando su novela, para que, desde un principio, los personajes y situaciones no sean irreales u ofensivas, pero algunas editoriales ya están utilizando este tipo de filtros para seleccionar sus manuscritos. En un mundo donde un sencillo tuit de denuncia puede desatar una tormenta mediática, no es de extrañar que muchos quieran tanto cubrirse las espaldas como aprender de sus errores.
El debate sobre la libertad creativa, sobre el respeto al otro, está en la mesa. Hay quienes hablan de autocensura, o de mutilación de obras fundamentales de la literatura universal, y la consecuente no publicación de obras geniales pero políticamente incorrectas. Pero como apunta Ryan Holiday, no podemos dar gusto a todas las opiniones. Es hasta peligroso. Se vale comentar.

martes, 21 de febrero de 2017

De párrafos y líneas en blanco (Jorge de Buen Unna)

«El autor debe determinar cuidadosamente la extensión de los párrafos. A primera vista, y antes de leer, el perceptor descubre en estos bloques de palabras amalgamadas uno de los primeros significados. Si son cortos, los párrafos adquieren tenuidad y ligereza, y estimulan al lector, invitándolo. Cuando largos, dan una impresión de mayor densidad y exigen más concentración.

»Un escrito bien compuesto se vale de la retórica y ciertos auxilios técnicos para facilitar el acercamiento entre el autor y el perceptor. Los cambios de renglón, la renovaci6n de párrafos, la aparición de un renglón en blanco...; en fin, todas las interrupciones en el texto, cuando tienen razón de ser y responden a un planeamiento adecuado, funcionan como estímulos en el ánimo del lector.

»Para el diseñador editorial, la primera tarea debe ser intentar comprender la estructura de la obra, si es que el autor atinó a prestarle alguna. En sus primeros acercamientos con el texto, el editor tendrá que reconocer la participación de cada párrafo en la jerarquía, marcando aquellos en los que deben tenerse consideraciones especiales. En seguida hará un recuento de los diversos patrones que necesita crear, construyendo una lista ordenada por categoría o rango.

»El texto es, con mucho, la mayor parte de una obra normal; por ende, sus características determinan las de los demás rangos. Algunos editores utilizan letras de mayor tamaño que las del texto para los órdenes superiores, mientras otros prefieren denotar la organización dejando áreas blancas de diversas dimensiones, arriba y abajo de los párrafos destacados. Por lo general, los órdenes inferiores se denotan con letras más pequeñas...»

En Manual de diseño editorial (Santillana, 2000)

domingo, 19 de febrero de 2017

De originales perdidos (Umberto Eco)

—¿No se habrá asustado al ver a Gudrun? —dijo.

—¿Gudrun? ¿Esa... señora?

—Señorita. No se llama Gudrun. La llamamos así por su aspecto nibelúngico y porque habla de un modo vagamente teutónico. Quiere decirlo todo en seguida y ahorra vocales. Pero tiene el sentido de la justitia aequatrix: cuando escribe a máquina ahorra consonantes.

—¿Qué hace aquí?

—Todo, desgraciadamente. Mire usted, en cada editorial hay alguien que es indispensable porque es la única persona capaz de encontrar las cosas en medio del desorden que genera. Pero al menos cuando se pierde un original se sabe quién tiene la culpa.

—¿También pierde los originales?

—No más que otros. En una editorial todos pierden los originales. Creo que ésa es la actividad principal. Sin embargo, hay que tener un chivo expiatorio, ¿no le parece? Lo único que le reprocho es que no pierda los que yo quisiera. Percances desagradables para lo que el bueno de Bacon llamaba The advancement of learning.

—Pero, ¿dónde se pierden?

—Perdone —dijo, extendiendo los brazos— pero ¿se da usted cuenta de lo tonta que es su pregunta? Si se supiese dónde, no estarían perdidos.

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Umberto Eco, El péndulo de Foucault.

jueves, 16 de febrero de 2017

El infierno editorial (Carlo Fabretti)

«El infierno era un laberinto de libros. —De los muchos caminos por los que se puede ir de un libro a otro —me advirtió el bibliotecario— sólo podrás seguir el más obvio y directo: el de la mención explícita. Es decir, para salir del libro que estés leyendo (lo hayas terminado o no, eso es asunto tuyo: obligarte a leer en contra de tu voluntad sería un tormento excesivo incluso para el infierno) y pasar a otro, en el primero tiene que nombrarse el segundo. No basta una mera cita o una referencia a los personajes o al autor: se ha de mencionar el libro mismo para que sea posible acceder a él.

No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Subir la piedra de la ignorancia por una montaña de libros, sin alcanzar nunca la cima del conocimiento, es la más refinada versión del suplicio de Sísifo.

—La biblioteca es inmensa, como puedes ver —dijo el demonio—, y crece sin cesar; pero tiene un pequeño defecto: carece de fichero. Hacerlo será tu cometido.
—Eso es tarea del bibliotecario —objeté.
—Cierto. Y sólo el bibliotecario puede salir de aquí; por lo tanto, si quieres recobrar la libertad, tienes que asumir su función. Mejor dicho, tienes que consumarla. Deberás hacer fichas precisas y detalladas de todos los libros, lo más completas posible…

Empecé haciendo fichas convencionales: autor, título, editorial, año de edición, número de páginas… Pero estas fichas de bibliotecario resultaban demasiado áridas, y como la mera consignación de datos técnicos dejaba bastante espacio en blanco, empecé a añadir breves resúmenes del contenido de cada obra. Luego incluí también el índice y una selección de las frases más notables, lo que me obligó a utilizar varias fichas por libro.

—¿Tantos plagios hay que tienes que ponerlos en doble fila? —le pregunté al bibliotecario.
—Hay muchos, desde luego, pero aquí abajo no tenemos problemas de espacio. Los libros que hay detrás son los que han sido saqueados por el plagiario —me explicó mientras introducía la nariz (alargada hasta convertirse en una flexible probóscide) en el hueco y extraía el libro en cuestión: Penrod and Sam, del injustamente olvidado (también por mí, debo admitirlo) Booth Tarkington

El siguiente pozo tenía unos cincuenta metros de diámetro, y no reinaba en él el silencio propio de las bibliotecas, pues muchos de los libros se revolvían en sus anaqueles con el sordo rumor del papel inquieto. Otros, por el contrario, permanecían lánguidamente inclinados o tumbados, como si les resultara fatigosa la posición vertical.

Todo ser humano es, cuando menos, un libro electrónico, un e-book grabado en el disco blando (ma non troppo) de sus propios circuitos neuronales. Y en el caso del homo legens, ese biolibro crece al amor (o al odio) de otros libros, lucha y se funde con ellos, y a veces esta (con)fusión resulta fecunda… —Esse est legere —concluyó el demonio indicándome con un gesto El Libro Infierno